
Cuando vi. la luz por primera vez en el año 1941, mi familia llevaban viviendo en el hospital de la Cinco llagas cinco años. A mi padre, por la jornada tan larga que desarrollaba en la sala de calderas del Hospital, (14 horas diarias) le compensaban con una vivienda dentro del recinto hospitalario, vivienda que de ninguna manera compensaba la cantidad de horas diaria dedicadas a producir el vapor (la fuerza motriz) que hacia funcionar las lavadoras industriales del centro y las marmitas donde se hacia la comida para los miles de enfermos.
La mayor parte de mi infancia la pasé recorriendo las grandes salas del hospital, con camas a ambos lados, todas muy limpias y ventiladas, El Carmen, la Milagrosa, San José, Amor de Dios, San Cayetano, Santa Catalina, El Pilar, San Fernando, San Cosme, pero sobretodo la mas frecuentada era El Cardenal, puesto que era donde había mas niños con piernas y brazos escayolados, lo que no les impedía leer los tebeos que les prestábamos, también teníamos otras actividades donde participábamos los tres hermanos, se trataba de acompañar al Cura a los entierros, vestidos de monaguillo, cruzábamos todo el hospital desde la iglesia hasta el instituto anatómico forense, donde recogíamos el cortejo con difunto incluido y le acompañábamos hasta el cruce de la calle Sánchez Pizjuan con la actual Doctor Marañon, donde se la daba el ultimo responso.
Al final de una de las galerías que partía desde el despacho de la superiora y cruzaba las puertas de las salas del carmen y San José se salía a un descampado donde estaba un gran edificio a medio construir donde la empresa Agroman guardaba sus maquinarias y herramientas, este edificio que luego seria “El Policlínico” lo construyeron prisioneros vascos de la guerra civil. A la izquierda de este edificio había otro de dos plantas conocido por el nombre de San Juan y estaba destinado a enfermedades infesto contagiosas, San Juan se componía de un Patio central y salas en su contorno donde se combatía La difteria, la Tuberculosis, la sarna, el tifus, incluso la rabia. Algo curioso en aquellos tiempos era que para visitar a los enfermos había que pasar por taquilla y pagar 25 céntimos, con lo cual se marcaba la diferencia entre los enfermos pobres y menos pobres.
Mis hermanas tenían mucho contacto con las monjas y participaban de sus fiestas en navidades cantando en el coro, así como en las obras de teatro que organizaban con el resto del personal, cocineros, enfermeros, asistentes, practicantes, boticarios, costureras. Prácticamente nuestras vidas trascurrían totalmente vinculadas al Hospital, donde nos ocurrieron infinidad de anécdotas, como que de las cinco bodas que se celebraron en la iglesia, tres fuero de mis hermanos.
1 comentario:
un saludo Domingo,leí tu carta al periodico,y claro q te conosco. y por tu experiencia en vivencias de sevilla.espero conectar contigo y comentar lo positivo y el cambi q ha dado la ciudad.
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