
Había una ciudad encantadora, donde los lugareños se reunían y debatían con el Alcalde para consensuar los proyectos, las reformas y mejoras que se podían realizar en la villa, de forma que todo funcionaba a la perfección, los peatones disfrutaban de amplias aceras para pasear y caminar sin problemas ni obstáculos, los automóviles disponían de amplios y numerosos aparcamientos subterráneos donde pernoctar sin entorpecer la circulación de los transportes públicos y las bicicletas, las calles resplandecían por su limpieza, exentas de excrementos caninos, bolsas de plásticos, colillas, mondas de frutas y otros caprichos de la naturaleza, los transportes publico cumplían sus horarios con la mayor puntualidad y nunca dejaban a los pasajeros plantados por ir cortos de tiempo, así como nunca se apreciaban signos de que los viajeros tiraran los periódicos gratuitos al suelo una vez leídos. En otro orden de actos ciudadanos, a nadie se le ocurría tender ropas en los balcones y terrazas, ni ocupar los estrechos acerados con veladores, ni saltarse un semáforo, ni circular en dirección prohibida, ni formar escándalos nocturnos, sobretodo los fines de semana, cuando todo los vecinos disfrutaban de un placentero descanso. Pero donde destacaba esta ciudad era en la seguridad, ya que se podía pasear a todas horas del día y de la noche sin temor alguno, pues todo los ciudadanos disponían de los mas elementales medios como son una vivienda digna, y un empleo bien remunerado, por lo que no existían los gorrillas, ni los suburbios, ni la picaresca cotidiana de este país, además de existir un elementar dispositivo de seguridad dotado de todos los medios indispensable para su ejemplar desarrollo.
Esta ciudad, era la ciudad de las personas que un día soñó un Hidalgo Caballero, pero que su rechazo a la razón y el dialogo de los habitantes, hizo que el periodo de su reinado se convirtiera en el mayor desastre de la historia de la citada Ciudad.
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